¿Acaso podía pensar entonces que saldría con vida de todas las desgracias sucedidas y que las recordaría tranquilamente?... Recordando lo que había hecho, no podía imaginar lo que iba a sucederme, pero presentía de un modo vago que estaba irremisiblemente perdido.
Al principio, abajo y a mi alrededor reinaba el más absoluto silencio, o al menos me o parearía a causa de mi enorme agitación interior, pero poco a poco empecé a distinguir diferentes sonidos. Llegó de abajo mamá, después de echar sobre el piso una cosa parecida a una escoba, empezó su regaño, esos que solamente salen de una madre. Abajo se oía el melódico e incomparable ladrido de Wizard, esos que solamente él puede hacer. Voces, aviones y luego un silencio inefable, entonces recordé: “el camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio”. Al cabo de unos minutos volvió el bullicio de antes, como si nadie supiera ni pensara que yo estaba encerrado en la terraza, pensando en ella y nuestros sueños.
No lloraba, pero algo me oprimía el corazón como una piedra. Las ideas e imágenes cruzaban con gran rapidez por mi excitada imaginación, pero el recuerdo de la desgracia ocurrida rompía continuamente su mágica cadena y de nuevo me metía en el laberinto sin salida de lo desconocido, de la desesperación y del miedo.
Imaginaba que existía en todos alguna causa desconocida por la que no me querían o incluso me odiaban. Quizás sea por la indiferencia y reproches que recibí por parte de un señor, llamadlo como queráis, pero que a mí me tocó llamarlo “padre”. “Jamás se ha sentido orgulloso de mí, quizás me odia por una razón valida, soy un desgraciado semi-huérfano”, me convencía a mí mismo, y esta triste idea no sólo me proporcionaba cierto triste consuelo, sino que incluso me resultaba completamente verosímil. Me gustaba pensar que no era desgraciado por mi culpa, sino porque así era mi destino desde el nacimiento, y que mi suerte era semejante a la del desgraciado Jean Valjean, el gran personaje creado por el buen Victor Hugo.
“¿Para que ocultar ese secreto cuando yo mismo lo he descubierto? -me preguntaba a mí mismo-. Mañana mismo llamaré a papá y le diré: ¡Papá! Es inútil que me ocultes el secreto tuyo hacia mí; lo sé. Él me dirá: ¿Qué le vamos a hacer, amigo mío? Tarde o temprano tenías que enterarte. Qué tonto has sido para no darte cuenta en tantos años. Te odio, por tu personalidad no pareces hijo mío, pero te he prohijado, y si eres digno de mi cariño, aunque lo dudo mucho, no te abandonaré nunca. Yo le diré: Papá, aunque no tengo derecho a llamarte por ese nombre, ahora lo pronunció por última vez, te he querido siempre y te seguiré queriendo, no te olvidaré nunca, pero yo no puedo seguir con esta farsa. Mi bipolaridad saldrá a la luz y pensaré: Odio hasta tal punto a ese hombre que estoy dispuesto a todo. Le mataré. Se lo diré así: Papá, le mataré. Papá se pondrá a suplicarme, pero yo haré un gesto con la mano, y añadiré: No, amigo mío, mi bienhechor, no podré volver a verlo; déjame marchar, y, abrazándole, le expresaré, no sé por qué razón, en francés: Oh, mon père, mon bienefaiteur, donne moi pur la dernière fois ta benedictino et que la volonté de Dieu soit faite.” Creo que lo haré de esa forma, porque sé que nada le molestará más que escuchar a Dios en mi no tan melodiosa voz. Y sentado sobre una silla, en la terraza, lloré, contemplando el alba, a lagrima viva ante esta idea. Qué tontos y débiles somos los humanos cuando involucramos sentimientos. Aunque gracias a ella, la que está en el destino original de mis palabras, la que amo, he cambiado ciertas percepciones acerca de estas cosas.
Tan pronto se me venía la idea de Dios y le preguntaba con osadía el porqué de mi castigo. “Me parece que no he rezado jamás, pero sé de personas que lo hacen sagradamente y siguen siendo infelices; entonces, ¿por qué sufrimos?.” Puedo afirmar rotundamente que mis primeras dudas religiosas empezaron a inquietarme a la edad de 11 años; pero en esta época las reafirmo. No porque la desgracia me incitase a la rebeldía y a la incredulidad, sino porque la idea de la injusticia de la Providencia que se me desveló en aquel momento de absoluto desconcierto espiritual y de un aislamiento de veinticuatro horas germinó como una mala semilla caída en tierra labrada después de la lluvia, y rápidamente empezó a desarrollarse y a echar raíces. Tan pronto se me ocurría que me iba a morir y me imaginaba con toda claridad la sorpresa de “Papá” al encontrarse con un cuerpo sin vida. Recordé que la abuela contaba que el difunto no abandonaba la casa hasta pasados cuarenta días, y mentalmente navegaba después de mi muerte de modo invisible por todas las habitaciones de la casa de mamá, y veo las lagrimas sinceras de mamá, la pena de mi hermana y la tristeza infinita de mi amado Wizard. Oigo la conversación de Papá y mamá. “Era un buen chico, decía mamá con lagrimas en los ojos.” “Sí, confirmaba papá, pero muy alocado.” “Debería usted respetar a los muertos –le interrumpía mamá-; usted ha sido la causa de su muerte, usted le asustó tremendamente y no pudo soportar la humillación que le preparaba… ¡Fuera de aquí, malvado!
Y papá caería de rodillas, lloraría y pediría perdón. Después de cuarenta días mi alma volaba al cielo. Allí veo algo extraordinariamente encantador, blanco, transparente, y presiento que es mi abuela. Ese algo blanco me rodea, me acaricia, pero estoy inquieto y tengo la impresión de no reconocerla. “Si realmente eres tú –le digo-, déjame que te vea mejor para que pueda reconocerte.” Y me responde su voz: “Aquí todos somos así, mijito, no puedo abrazarte mejor. ¿Es que no estás bien de esa manera?”. “Sí, estoy muy bien, pero tú no puedes besarme y yo no puedo besar tus manos…” “No es necesario; aquí, sin esas costumbres, todo sigue siendo maravilloso”, me dice, y realmente me doy cuenta de que se está magníficamente, y los dos volamos cada vez más alto. Aquí parece como si de pronto me despertara y me encontrase de nuevo sobre la silla, contemplando el alba en mi terraza, con las mejillas húmedas por las lágrimas, sin ningún pensamiento y repitiendo las palabras y los dos volamos cada vez más alto. Durante mucho tiempo hago enormes esfuerzos para aclarar mis ideas, pero mi espíritu sólo ve en el presente una lejanía tremendamente sombría e inestable. Trato de volver otra vez a aquellos alegres y felices pensamientos interrumpidos por la conciencia de la realidad, en los cuales esta ella, mi amada, con la que sueño, -la que hace unos días me pidió con urgencia y una inefable sensibilidad, cumplir uno de nuestros sueños lo más pronto posible-, pero, para asombro mío, tan pronto como vuelvo al carril de los pensamientos me doy cuenta de que su continuación es imposible, pero lo más hermoso es que me causan una inenarrable felicidad, que sólo podría describir, viviendo todos esos pensamientos y sueños al lado de ella. Y en mi mundo de quimeras me veré junto a ella, rodeado de animales, en nuestro refugio, subterfugio nuestro y de ellos, cumpliendo nuestro sueño.