jueves, 26 de mayo de 2011

El ensueño...


¿Acaso podía pensar entonces que saldría con vida de todas las desgracias sucedidas y que las recordaría tranquilamente?... Recordando lo que había hecho, no podía imaginar lo que iba a sucederme, pero presentía de un modo vago que estaba irremisiblemente perdido.
Al principio, abajo y a mi alrededor reinaba el más absoluto silencio, o al menos me o parearía a causa de mi enorme agitación interior, pero poco a poco empecé a distinguir diferentes sonidos. Llegó de abajo mamá, después de echar sobre el piso una cosa parecida a una escoba, empezó su regaño, esos que solamente salen de una madre. Abajo se oía  el melódico e incomparable ladrido de Wizard, esos que solamente él puede hacer. Voces, aviones y luego un silencio inefable, entonces recordé: “el camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio”. Al cabo de unos minutos volvió el bullicio de antes, como si nadie supiera ni pensara que yo estaba encerrado en la terraza, pensando en ella y nuestros sueños.
No lloraba, pero algo me oprimía el corazón como una piedra. Las ideas e imágenes cruzaban con gran rapidez por mi excitada imaginación, pero el recuerdo de la desgracia ocurrida rompía continuamente su mágica cadena y de nuevo me metía en el laberinto sin salida de lo desconocido, de la desesperación y del miedo.
Imaginaba que existía en todos alguna causa desconocida por la que no me querían o incluso me odiaban. Quizás sea por la indiferencia y reproches que recibí por parte de un señor, llamadlo como queráis, pero que a mí me tocó llamarlo “padre”. “Jamás se ha sentido orgulloso de mí, quizás me odia por una razón valida, soy un desgraciado semi-huérfano”, me convencía a mí mismo, y esta triste idea no sólo me proporcionaba cierto triste consuelo, sino que incluso me resultaba completamente verosímil. Me gustaba pensar que no era desgraciado por mi culpa, sino porque así era mi destino desde el nacimiento, y que mi suerte era semejante a la del desgraciado Jean Valjean, el gran personaje creado por el buen Victor Hugo.
“¿Para que ocultar ese secreto cuando yo mismo lo he descubierto?  -me preguntaba a mí mismo-. Mañana mismo llamaré a papá y le diré: ¡Papá! Es inútil que me ocultes el secreto tuyo hacia mí; lo sé. Él me dirá: ¿Qué le vamos a hacer, amigo mío? Tarde o temprano tenías que enterarte. Qué tonto has sido para no darte cuenta en tantos años. Te odio, por tu personalidad no pareces hijo mío, pero te he prohijado, y si eres digno de mi cariño, aunque lo dudo mucho, no te abandonaré nunca. Yo le diré: Papá, aunque no tengo derecho a llamarte por ese nombre, ahora lo pronunció por última vez, te he querido siempre y te seguiré queriendo, no te olvidaré nunca, pero yo no puedo seguir con esta farsa. Mi bipolaridad saldrá a la luz y pensaré: Odio hasta tal punto a ese hombre que estoy dispuesto a todo. Le mataré. Se lo diré así: Papá, le mataré. Papá se pondrá a suplicarme, pero yo haré un gesto con la mano, y añadiré: No, amigo mío, mi bienhechor, no podré volver a verlo; déjame marchar, y, abrazándole, le expresaré, no sé por qué razón, en francés: Oh, mon père, mon bienefaiteur, donne moi pur la dernière fois ta benedictino et que la volonté de Dieu soit faite.” Creo que lo haré de esa forma, porque sé que nada le molestará más que escuchar a Dios en mi no tan melodiosa voz. Y sentado sobre una silla, en la terraza, lloré, contemplando el alba, a lagrima viva ante esta idea. Qué tontos y débiles somos los humanos cuando involucramos sentimientos. Aunque gracias a ella, la que está en el destino original de mis palabras, la que amo, he cambiado ciertas percepciones acerca de estas cosas.
Tan pronto se me venía la idea de Dios y le preguntaba con osadía el porqué de mi castigo.  “Me parece que no he rezado jamás, pero sé de personas que lo hacen sagradamente y siguen siendo infelices; entonces, ¿por qué sufrimos?.” Puedo afirmar rotundamente que mis primeras dudas religiosas empezaron a inquietarme a la edad de 11 años; pero en esta época las reafirmo. No porque la desgracia me incitase a la rebeldía y a la incredulidad, sino porque la idea de la injusticia de la Providencia que se me desveló en aquel momento de absoluto desconcierto espiritual y de un aislamiento de veinticuatro horas germinó como una mala semilla caída en tierra labrada después de la lluvia, y rápidamente empezó a desarrollarse y a echar raíces. Tan pronto se me ocurría que me iba a morir y me imaginaba con toda claridad la sorpresa de “Papá” al encontrarse con un cuerpo sin vida. Recordé que la abuela contaba que el difunto no abandonaba la casa hasta pasados cuarenta días, y mentalmente navegaba después de mi muerte de modo invisible por todas las habitaciones de la casa de mamá, y veo las lagrimas sinceras de mamá, la pena de mi hermana y la tristeza infinita de mi amado Wizard. Oigo la conversación de Papá y mamá. “Era un buen chico, decía mamá con lagrimas en los ojos.” “Sí, confirmaba papá, pero muy alocado.” “Debería usted respetar a los muertos –le interrumpía mamá-; usted ha sido la causa de su muerte, usted le asustó tremendamente y no pudo soportar la humillación que le preparaba… ¡Fuera de aquí, malvado!
Y papá caería de rodillas, lloraría y pediría perdón. Después de cuarenta días mi alma volaba al cielo. Allí veo algo extraordinariamente encantador, blanco, transparente, y presiento que es mi abuela. Ese algo blanco me rodea, me acaricia, pero estoy inquieto y tengo la impresión de no reconocerla. “Si realmente eres tú –le digo-, déjame que te vea mejor para que pueda reconocerte.” Y me responde su voz: “Aquí todos somos así, mijito, no puedo abrazarte mejor. ¿Es que no estás bien de esa manera?”. “Sí, estoy muy bien, pero tú no puedes besarme y yo no puedo besar tus manos…” “No es necesario; aquí, sin esas costumbres, todo sigue siendo maravilloso”, me dice, y realmente me doy cuenta de que se está magníficamente, y los dos volamos cada vez más alto. Aquí parece como si de pronto me despertara y me encontrase de nuevo sobre la silla, contemplando el alba en mi terraza, con las mejillas húmedas por las lágrimas, sin ningún pensamiento y repitiendo las palabras y los dos volamos cada vez más alto. Durante mucho tiempo hago enormes esfuerzos para aclarar mis ideas, pero mi espíritu sólo ve en el presente una lejanía tremendamente sombría e inestable. Trato de volver otra vez a aquellos alegres y felices pensamientos interrumpidos por la conciencia de la realidad, en los cuales esta ella, mi amada, con la que sueño, -la que hace unos días me pidió con urgencia y una inefable sensibilidad, cumplir uno de nuestros sueños lo más pronto posible-, pero, para asombro mío, tan pronto como vuelvo al carril de los pensamientos me doy cuenta de que su continuación es imposible, pero lo más hermoso es que me causan una inenarrable felicidad, que sólo podría describir, viviendo todos esos pensamientos y sueños al lado de ella. Y en mi mundo de quimeras me veré junto a ella, rodeado de animales, en nuestro refugio, subterfugio nuestro y de ellos, cumpliendo nuestro sueño. 

Salir con una chica que no lee Vs Salir con una chica que lee! Tomado de la revista Mampensante.

Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)
Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela. 

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta. 

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe. 

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato. 

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. 

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. 

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.


Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)
Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca. 

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella. 

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. 

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. 

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. 

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la sagaCrepúsculo

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba

lunes, 23 de mayo de 2011

Per Nata.

Natalia, es la mañana llena de tempestad en el corazón del verano.Como pañuelos blancos de adiós viajan las nubes, el viento las sacude con sus viajeras manos.Innumerable corazón del viento latiendo sobre la tristeza de tu alma.Zumbando entre los árboles, orquestal y divino, como una lengua llena de guerras y de cantos.Viento que lleva en rápido robo el insulto de un ser al cual creías conocer.Viento que te derriba en ola sin espuma y sustancia sin peso.Se rompe tu alma y se sumerge su volumen de besos combatido en la puerta del viento del verano.
Pero Natalia, recuerda las tardes que serán y las que han sido son una sola, inconcebiblemente. Son un claro cristal, solo y doliente, inaccesible al tiempo y a su olvido. Son los espejos de esa tarde eterna que en un cielo secreto se atesora. En aquel cielo están el pez, la aurora, la balanza, la espada y la cisterna. Uno y cada arquetipo. Así Plotino nos enseña en sus libros, que son nueve; bien puede ser que nuestra vida breve sea un reflejo fugaz de lo divino. La tarde elemental ronda la casa. La de ayer, la de hoy, la que no pasa.
Ahora Natalia, la noche te impone su tarea mágica. Destejer el universo, las ramificaciones infinitas de efectos y de causas, que se pierden en ese vértigo sin fondo, el tiempo. La noche quiere que esta noche olvides tu nombre, su nombre y sus ofensas, tus mayores y tu sangre, tu adversa mañana, cada palabra humana y cada lágrima, lo que pudo enseñarte la vigilia, el ilusorio punto de los geómetras, la línea, el plano, el cubo, la pirámide, el cilindro, la esfera, el mar, las olas, tu mejilla en la almohada, la frescura de la sábana nueva, los jardines, los imperios, los Césares y Shakespeare, y lo que es más difícil, lo que amas. Curiosamente, una palabra puede borrar el cosmos y erigir el caos.
Finalmente, Natalia, esas cosas pudieron no haber sido. Casi no fueron. Las imaginaste en un fatal ayer inevitable. No hay otro tiempo que el ahora, este ápice del ya será y del fue, de aquel instante en que la gota cae en la clepsidra. El ilusorio ayer es un recinto de figuras inmóviles de cera o de reminiscencias literarias que el tiempo irá perdiendo en sus espejos. El que ayer te humilló, el que no es nadie, el que no merece ser mencionado por ti, y esa tarde inasible que tristemente fue tuya son en su eternidad, no en la memoria.

Natalia, te he escrito este pequeño poema (partes mías, otras del maestro Borges, otras de Neruda y quizás de Benedetti) que tu podrás llamar como quieras, pero en el cual quiero expresarte lo conmovido que me dejó tu triste historia de hoy. Quizás yo exagere un poco, pero me hiciste recordar lo que se siente estar solo en los momentos más difíciles. Espero, como siempre suelo decir, que no tomes esto de una mala manera, que sepas que quiero compartir este poema contigo de una buena manera. Si te preguntas porqué lo hago debo confesarte que yo, ciertamente, no lo sé. Quizás sea tu profundo amor hacia los animales lo que me impulsa a escribirte esto para que no estés mal; quizás sea porque creo que eres una buena persona que no merece un trato como el de hoy; quizás sea porque, al convivir desde muy pequeño con mi mamá, no tolero las ofensas hacia las mujeres y me impulsa a apoyarlas incondicionalmente; quizás sea porque por una experiencia parecida, sé que se siente que un amigo te ofenda y nadie diga nada; o quizás sea por todo lo anterior. Sea la razón que sea, espero este pequeño texto te suba el animo y te enseñe que a olvidar el inasible y deslucido día que tuviste.

Mundo de quimeras....

Hoy me confieso, me limpio de todos los pecados –pensé- y ya nunca más no… -aquí recordé los pecados que más me torturaban-. Iré sin falta todos los domingos a la iglesia, después leeré durante  una hora entera el Evangelio, luego el billete que reciba cada mes cuando ingrese en la universidad en Leeds, repartiré sin falta 50 libras y media –la décima parte- entre los pobres, de forma que nadie lo sepa. Pero no a los mendigos. Trataré de buscar pobres, como un huérfano o una viejecita, cuya existencia no conoce nadie.
Y tendré una habitación propia –probablemente en Chapel Allerton-. Yo mismo la voy a arreglar y la mantendré extraordinariamente limpia. No obligaré a nadie a que haga nada para mí. Porque no soy más que nadie. Iré todos los días a pie a la universidad –y si me dan un coche, lo venderé y dejaré ese dinero para los pobres; quizás a un Juan Boliche (el de la melancólica canción “pieresca”), para que pague su vino y pueda invitar-. Voy a cumplirlo rigurosamente todo –que era ese “todo” no podía decirlo entonces, pero comprendía y sentía vivamente ese “todo” juicioso, moral e irreprochable de la vida-. Recopilaré lecciones e incluso adelantaré asignaturas, de forma que en el primer curso seré el primero y escribiré una tesis. En segundo, ya lo sabré todo por adelantado y me podrán pasar directamente a tercero, así que terminaré la carrera y la maestría como el número uno y con dos medallas de oro. Luego haré el doctorado y me convertiré en un arlequín más del sistema en Colombia…, incluso podré ser el primer arlequín de Europa y América… Pero ¿y luego? –me preguntaba a mí mismo-. Entonces recordé que esas ilusiones constituyen el orgullo, un pecado del que aquella misma noche tendría que confesarle al sacerdote, y volví al principio de mis razonamientos: para estudiar las lecciones iré a pie a la Abadía de Kirkstall; me buscaré allí un sitio bajo un árbol y me pondré a estudiar las lecciones; a veces me llevaré algo para comer: tofu, un sándwich vegetariano, o algo. Descansaré, y luego me pondré a leer algún buen libro, quizás algo del buen Borges, dibujaré paisajes o tocaré algún instrumento –aprenderé sin falta a tocar el saxofón ¡Juro que lo haré!-. Después ella también irá a pasear por la Abadía de Kirkstall, y en alguna ocasión se acercará a mí para preguntarme quién soy. Yo la miraré con mucha tristeza, le diré que soy hijo de una gran mujer, porque padre nunca tuve, y que sólo soy feliz aquí, cuando estoy solo, completamente solo. Ella me dará la mano- sólo en sueños, porque no es su estilo-, dirá algo y se sentará a mi lado. Todos los días vendremos aquí, seremos amigos y yo la voy a besar… No, eso no está bien. Al contrario, desde hoy ya no voy a mirar a las mujeres. No iré nunca, nunca a la habitación de mis “room-mates”, incluso procuraré no pasar cerca. Dentro de unos años estaré emancipado, e iré a vivir con ella. Todos los días practicaré la mayor cantidad posible de ejercicios, haré gimnasia a diario, así que en unos años seré más fuerte que mi querido amigo Checho. El primer día sostendré media libra con la mano extendida durante cinco minutos, al siguiente veintiuna libras, al tercero veintidós, y así sucesivamente.  Al fin, muchas libras en cada mano y seré más fuerte que nadie. Y cuando de pronto a alguien se le ocurra ofenderme o se ponga a hablar sin respeto de ella, le agarraré simplemente de la camisa o lo que sea que lleve, le levantaré un par de rocas del suelo con una sola mano, me limitaré a sostenerlo así para que se dé cuenta de la fuerza que tengo, y le soltaré. No, además eso tampoco está bien; pero no le haré daño, sólo le demostraré que yo…
No se me reprochará que las ilusiones de mi juventud son tan infantiles como las de la infancia y adolescencia. Tengo el convencimiento de que si estoy predestinado a llegar a muy viejo y mi relato continuara hasta entonces, convertido en un anciano de setenta años seguiría con las ilusiones infantiles que tengo ahora. Soñaré que una encantadora Natalia se enamora de mí, un viejo desdentado; que mi hijo, retrasado mental, se convertirá por un hecho insólito en ministro, será elegido como un Dios por el excelso pueblo colombiano, acabará la guerra en 1 mes y privatizará la educación, para que esos pobres diablos se dediquen a servirnos y no a pensar, o que de pronto tendré una enorme cantidad de millones, para cumplir mi más anhelado sueño, que creo ahora es compartido con ella. Estoy convencido de que no existe ser humano y ninguna edad determinada que carezca de la feliz y consoladora capacidad de las ilusiones, pero, a excepción de los rasgos generales de la imposibilidad, de las ilusiones quiméricas, cada individuo y cada edad tienen las suyas características. En el periodo que yo considero como el límite de mi adolescencia y el principio de mi juventud, la base de mis ilusiones eran cuatro sentimientos: el amor hacia ella, hacia una mujer imaginada, con la que soñaba siempre en el mismo sentido y a la que a cada momento esperaba encontrar en algún sitio. Mi primer amor y quizás el único. Ella era un poco Sonia –mi amor literario-, un poco Nashtenka – mi amada de las sublimes Noches Blancas de Dostoievski-. El segundo sentimiento era el deseo de amor. Me hubiera gustado que todos me conocieran y quisieran. Deseaba decir mi nombre, Camilo, y que todos se quedaran sorprendidos al oírlo, me rodeasen y me dieran las gracias por algo; aunque ya me basta con los ladridos de agradecimiento que he tenido. El tercer sentimiento consistía en la esperanza de alcanzar una extraordinaria y soberbia felicidad, tan fuerte y firme que llegaba a la locura. Estaba tan seguro de que muy pronto, a consecuencia de algún acontecimiento insólito, me convertiría de repente en el hombre más rico y famoso del mundo, para que ningún animal aguante hambre y frío, que me encontraba continuamente en un estado de inquietud, esperando esa anhelada felicidad. Aguardaba ese momento constantemente, y cuando llegase alcanzaría todo lo que puede desear un hombre, indagando por todas partes al imaginar que rondaba por algún sitio distinto a donde me encontraba. El cuarto y más importante sentimiento era la repugnancia hacia mí mismo y el arrepentimiento, pero éste iba hasta tal punto mezclado con la esperanza de felicidad que no tenía nada de triste. Me parecía tan fácil y natural desprenderme del pasado, transformarlo, olvidar todo lo que había sido y empezar una nueva vida, que lo anterior en mi existencia no me apenaba ni me ataba. Me complacía incluso en la repulsión hacia lo sucedido y trataba de verlo más sombrío de lo que era en realidad. Cuanto más negro era el círculo de los recuerdos, tanto más puro y claro se destacaba en él el punto luminoso del presente y se extendían los irisados colores del futuro. La voz del arrepentimiento y el apasionado deseo de perfección eran la principal sensación espiritual que experimentaba en aquella época de mi desarrollo, que estableció los nuevos principios de mi opinión sobre mí mismo, la gente y el mundo. La voz bienhechora y alegre que tantas veces desde entonces, en los momentos tristes, cuando el alma en silencio se sometía al poder de la mentira y de la depravación, se alzaba de pronto  decidida ante cualquier mentira, acusando con indignación al pasado y señalando y obligando  querer el punto diáfano del presente, que prometía el bien y la felicidad del futuro. ¡Bienhechora y alegre voz! ¿Es posible que dejes de soñar alguna vez?

No todos los amantes se aman ni todos los besos simbolizan amor.

Hoy? Hoy no escribo para nadie!

No pienso hablar del amor de un joven hacia una muchacha y recíprocamente, porque temo esas ternuras al haber sido tan desventurado en la vida y no haber visto en esta clase de amor ni un destello de verdad (ahora pienso algo diferente, aunque confieso, algunas veces termina por decepcionarme); únicamente la farsa, en la cual la sensualidad, las relaciones sexuales, el dinero, el deseo de unirse o separarse han embrollado hasta tal punto el verdadero sentimiento que es imposible discernir nada. Hablo del amor al hombre que, según el mayor o menor ímpetu del alma, se concentra en un ser, en algunos o en muchos; del amor a la madre, al padre- si es que aún existe-, a la hermana, a los niños, al camarada, a la amiga, al compatriota, al parcero, al enemigo, al ser humano.
El amor hermoso, decía Tolstoi, consiste en amar la belleza misma del sentimiento y su manifestación. Para quienes ama así, el objeto amado les resulta grato sólo en cuanto despierta un sentimiento agradable, de cuya conciencia y manifestación gozan. Las personas que aman de esta forma se preocupan se preocupan muy poco de ser correspondidos, ya que esta circunstancia no tiene ninguna influencia sobre la belleza ni el placer. Con frecuencia cambian el objeto de su amor, pues la principal finalidad consiste únicamente en que la agradable sensación se estimule continuamente. Para mantener en sí misma esta grata sensación hablan continuamente del amar en términos más bellos, tanto al ser amado como a quienes nada tienen que ver con él.

La segunda clase, el amor abnegado, consiste en desear el sacrificio de uno mismo por el objeto amado, sin hacer caso en absoluto de si éste es bueno o malo para aquel. “No hay ninguna cosa desagradable que no fuese capaz de hacerme a mí mismo para demostrar al mundo entero, a él o a ella principalmente, mi felicidad.” La gente que lo practica no cree nunca que se les corresponde –porque tiene más mérito sacrificarse- y suelen ser siempre personas enfermizas, lo cual aumenta el valor del sacrificio. La mayoría de ellos son constantes, porque les sería penoso perder el mérito de los sacrificios hechos por el objeto amado. Están siempre dispuestos a morir para demostrarle a él o a ella toda su felicidad, pero desprecian las pequeñas demostraciones diarias del amor, sin precisar arrebatos de abnegación. Les da lo mismo si uno ha comido o dormido bien, si está contento, sano o no, y no harán nada para proporcionarle a uno estas satisfacciones, aunque estuviesen en situación de hacerlo. Pero pegarse un tiro, arrojarse al agua, al fuego o enfermar de amor, a eso están dispuestos si se presenta la ocasión. Por otra parte, las personas predispuestas al amor abnegado siempre están orgullosas de su amor, y son quisquillosas, celosas, desconfiadas y, aunque resulte extraño, desean el peligro del amado para poder librarlo de él, e incluso que le ocurran desgracias, para consolarlo, o que tenga vicios para corregirlo.

La tercera clase, el amor activo, consiste en el afán de satisfacer todas las necesidades , deseos, caprichos e incluso los vicios del ser amado. Los que aman de este modo lo hacen siempre para toda la vida, porque cuanto más aman más conocen al ser amado y les resulta más fácil hacerlo, es decir, satisfacer sus deseos. Su amor se expresa rara vez con palabras, y si se manifiesta no es de forma vanidosa o bella, sino tímida y torpemente, porque siempre tienen miedo de no amar lo suficiente. Suelen querer los defectos del ser amado porque éstos les proporcionan la posibilidad de satisfacer nuevos deseos. Buscan la correspondencia, se engañan incluso voluntariamente, creen en el engaño y se sienten felices si lo poseen, pero aman igual incluso en caso contrario y no sólo desean la felicidad para el amado, sino que tratan de proporcionársela por todos los medios morales y materiales, grandes y pequeños, a su alcance, y que intentan conseguir continuamente.

Quizás escrito por Turgueniev; por Dostoievski; por Tolstoi; por Chejov; por Pushkin; Lermontov; o quizás… o todavía?

En algún lugar...

Podríamos partir de lo que sea, una botella de vino –ojalá Syrah- , un golpe de viento en el tejado, tu casa o la mía, el jardín donde te besé, un grito de los amantes, nuestra primera foto, tú inenarrable por tu hermosura, yo con mi sombrero, el poema del Cuervo.
El riesgo está en eso, en que podemos partir de cualquier cosa pero después hay que llegar, no se sabe bien a qué pero llegar.
Llegar no se sabe bien a qué, y el problema está en que algún día o una hora final te des cuenta que bebiste, fumaste, caminaste, leíste, volaste corriste, quisiste, amaste, esperaste, soñaste, luchaste, gritaste,  entonces, entre tus brazos tendidos en el último suspiro, el beso de la mujer que amas, un premio literario o un perro con cancha que te rompe el alma y te impide ser feliz.
En vez del gato, en vez de la vida, en vez de una respuesta con fragancia a orquídea, ojos cafés de mujer, baba de cachorro o simplemente un sentimiento del beso a la mujer que amas, de novios en torno al fuego, de un rock que sin énfasis abrevia la suma de los actos, la infortunada sublime saga de ser novios, de ser hombre.
No hay perorata del método, hermano, todos los planos mienten salvo el del corazón, pero en qué lugar se encuentra el norte en este corazón vuelto a los rumbos de la vida, dónde el oeste, dónde el sur. En qué lugar estará el sur en este corazón magullado por la parca, debatiéndose entre cerdos de uniforme y horarios de clase, entre amores de interregno y duelos despedidos por tarjeta.
Dónde está la autopista que lleve a un Machu Picchu sin llamas y alpacas, a un París sin libros, a una vida sin ti, sin ella, como te llamo en lo que escribo, novia mía; dónde está el sur libre de aves, del carpintero negro, el viento de la costa sin cenizas de uranio. Dónde está el sur sin ti, Natalia, novia mía….
No serviría mirar en torno, no hay dónde ahí afuera, apenas esos dóndes que te inventan con dibujos y promesas. El dónde es una quimera secreta, el dónde, eso que en la oscuridad te sume en la maraña turbia de las pesadillas donde quizás un camarada muerto o una mujer perdida al otro lado del Sena y de nieblas te incitan mansamente a la peor de las abominaciones, a la perfidia o a la resignación, y cuando surges de ese lodazal glutinoso con un grito que te tira de este lado, el dónde estaba ahí, había estado ahí en su contrapartida absoluta para mostrarte el camino, para guiar esa mano que a partir del día de hoy solamente buscará una copa de vino y un cigarrillo, porque el dónde está aquí y el sur es esto, la carta con los trayectos en esa sacudida de angustia que te sube hasta la garganta, mapa del corazón, como diría Cortazar, tan pocas veces escuchado, punto de partida que es llegada.

Un solstice d'été au Cimetière du Père Lachaise.

 Volver sobre cosas ya escritas, como dijo Cortazar, puede parecer demasiado fácil, pero en mi caso al menos siempre me ha sido más fácil inventar que repetir, aunque irónicamente estoy repitiendo palabras de Cortazar. Acontece sin embargo que algunas repeticiones, que llamaré atavismos, se me dan con la misma certeza que cotidianamente nos da a todos la inevitable salida del sol. Y si este habitual prodigio no nos quita el aliento puesto que conocemos la relojería general del cosmos –sigo con Julio Denis-, hay otras repeticiones perceptibles en un dominio que ninguna ciencia ha explicado todavía, repeticiones que pertenecen a esos intersticios de lo habitual donde leyes que no son las de la física o la lógica se cumplen de una manera casi siempre inesperada. La anterior palabrería, sin mi total autoría, para expresar que cierto día ingresé una vez más en ese círculo de noches blancas y que trato ahora de contarlo para mi inseparable y amado amigo, Wizard, que es tal vez el único que me escucha sin juzgarme, y a quienes también les pasan cosas así, que sé que nunca leerán a un ser tan misántropo como yo –mi querido amigo Danilo diría filántropo-, y no prescinden de ellas como meras coincidencias.
Hoy recuerdo con nostalgia, la felicidad de estar triste, a cierto grupo de chicas, de alguna parte de Europa oriental, que inquietas se lanzaban haciendo bullicio alrededor de la cripta del periodista Victor Noir para acariciar el preponderante miembro de la estatua de bronce, que se insinúa entre los pliegues del pantalón esculpido, según el folleto que leía, por el artista Jules Delon. Hacen señas típicas con sus manos, carcajean, joden, brincan, y se alientan entre ellas para sentir y tocar el falo del difunto que resplandece de tanto ser manoseado.
Según Marion, mi compañerita y querida francesa, me decía que según la fatua leyenda coetánea urdida en broma por unos estudiantes borrachos –como mis queridos amigos en Colombia-, tocar el pene erecto de la estatua yaciente de Noir da fertilidad a las mujeres y vigor sexual a los hombres -fue por eso que después de escuchar el relato de Marion corrí a acariciar el gran pene de Noir-, por lo que la tumba de este hombre asesinado por el príncipe Pierre Bonaparte en 1870, lo que desencadenó la Comuna de París, es una de las más visitadas del cementerio Père Lachaise.
Al otro lado de la necrópolis, otro grupo de muchachas, París esta llena de ellas, hace la fiesta junto a la tumba de mi querido American Poet, Jim Morrison, y acarician a un afortunado y hermoso gato café que disfruta el verano en una tumba vecina. El minino debe hacer su banquete diario entre los desafortunados pajarillos que cantan de tumba en tumba desde la llegada de los aires veraniegos que anuncian el equinoccio de otoño. En ese día de julio, víspera del fin del solsticio de verano y comienzo del equinoccio de otoño, el famoso cementerio, que por lo regular es helado, lóbrego, húmedo y lúgubre, está inundado por una luz excepcional y etérea que golpea por milagro todas las tumbas y callejuelas del inefable y  excelso lugar destacando sus más inéditos ángulos.
Por todas partes aletean los pájaros, que no devoró aquel minino café, que retozan y brincan radiantes entre los ya casi muertos copos de los árboles anunciando la llegada de la segunda primavera en la que cada hoja es una flor. En la tumba de mármol de un artista chino un fulano colocó una pirámide de naranjas y el cuadro parece una escultura minimalista que resume la esencia vital : la piedra y la fruta unidas en la eternidad y lo efímero. Es el pequeño gesto de un agnado poeta al desconocido chino cuyo nombre no reconocemos porque está escrito en caligrafía china de oro.
Pero es en el féretro de Alain Kardec el espiritista donde hay más flores y más gente que lo celebra en silencio, mientras ven decenas y decenas de materos de plantas florales de todos los colores y tiaras que manos fieles riegan día a día a lo largo del año, sin falta nunca, por lo que siempre, sea cual fuere la hora o la estación, el lugar es un jardín que celebra la reencarnación y la eternidad.  Según mi querida Marion, ya que en mi inagotable ignorancia desconocía la existencia de este ser, esto se debe a que para él y sus seguidores es ineluctable la renovación permanente, ante esta tumba se siente la alegría y el entusiasmo de la flor como metáfora de vida.
En la discreta tumba en mármol negro de Marcel Proust, el que me enseñó a encontrar el tiempo perdido, que está escondida entre otras, un fulano como yo dejó una carta escrita y puso flores. Los proustianos del mundo que no creo sean muchos, los lectores de En busca del tiempo perdido, vienen con frecuencia aquí a homenajear a este asmático que murió joven y cuya obra pasa siempre la prueba del tiempo. En la morada final del poeta Apollinaire otro dejó una pequeña veladora que arde entre flores y mensajes dejados por lectores asiduos, incluso aquellos que admiran su secreta obra pornográfica, la cual desconocía pero la cual me explicó la pequeña  Marion. ¡Oh, qué ignorancia tan grande me consume!
La del querido Balzac se encuentra en remodelaciónn y una larga cinta anaranjada envuelve la estructura que se está desmoronando. Su famoso e inolvidable personaje Rastignac, el de la comedia humana, cuando llegó joven a la ciudad, subió al Père Lachaise y desafió a la metrópoli ambicionando triunfos y glorias. Ahora el creador del joven arribista provinciano reposa en este idílico sendero al frente de un poeta llamado Gerard de Nerval, ni la sabía Marion supo quién fue, y no lejos de un olvidado poeta llamado Casimir Delavigne.
Este es el Père Lachaise del solsticio de verano de 2009 : un paseo jubiloso al azar por excelsos caminos donde nos topamos con la asquerosa tumba de Oscar Wilde, un retazo de cemento incomprensible, abrazada por los travestis del mundo y llena de besos masculinos y femeninos con lápiz labial y regalos y ofrendas. Y ya en la periferia la amplia franja dedicada a los judíos y opositores deportados por los nazis hacia los campos de concentración, situada al frente del camino donde reposan todos los comunistas famosos, encabezados por Henri Barbusse y Paul Eluard.
En este lugar de difuntos la vida florece porque los hombres no olvidan a los artistas y a los héroes, a los malditos y a los potentados. En medio de este océano de tumbas sobresalen las oxidadas, hundidas o que se desmoronan poco a poco sobre la colina, donde se han borrado los nombres escritos entre enormes columnatas griegas dedicadas con megalomanía a familias de militares, alcaldes, gobernadores, millonarios, nobles y políticos a quienes los devoró para siempre el olvido que a su vez, tarde o temprano, nos envolverá a todos por igual. El asunto es sólo cuestión de tiempo… Igual, ¡qué hermoso es un verano au  Cimetière du Père Lachaise!