lunes, 23 de mayo de 2011

Un solstice d'été au Cimetière du Père Lachaise.

 Volver sobre cosas ya escritas, como dijo Cortazar, puede parecer demasiado fácil, pero en mi caso al menos siempre me ha sido más fácil inventar que repetir, aunque irónicamente estoy repitiendo palabras de Cortazar. Acontece sin embargo que algunas repeticiones, que llamaré atavismos, se me dan con la misma certeza que cotidianamente nos da a todos la inevitable salida del sol. Y si este habitual prodigio no nos quita el aliento puesto que conocemos la relojería general del cosmos –sigo con Julio Denis-, hay otras repeticiones perceptibles en un dominio que ninguna ciencia ha explicado todavía, repeticiones que pertenecen a esos intersticios de lo habitual donde leyes que no son las de la física o la lógica se cumplen de una manera casi siempre inesperada. La anterior palabrería, sin mi total autoría, para expresar que cierto día ingresé una vez más en ese círculo de noches blancas y que trato ahora de contarlo para mi inseparable y amado amigo, Wizard, que es tal vez el único que me escucha sin juzgarme, y a quienes también les pasan cosas así, que sé que nunca leerán a un ser tan misántropo como yo –mi querido amigo Danilo diría filántropo-, y no prescinden de ellas como meras coincidencias.
Hoy recuerdo con nostalgia, la felicidad de estar triste, a cierto grupo de chicas, de alguna parte de Europa oriental, que inquietas se lanzaban haciendo bullicio alrededor de la cripta del periodista Victor Noir para acariciar el preponderante miembro de la estatua de bronce, que se insinúa entre los pliegues del pantalón esculpido, según el folleto que leía, por el artista Jules Delon. Hacen señas típicas con sus manos, carcajean, joden, brincan, y se alientan entre ellas para sentir y tocar el falo del difunto que resplandece de tanto ser manoseado.
Según Marion, mi compañerita y querida francesa, me decía que según la fatua leyenda coetánea urdida en broma por unos estudiantes borrachos –como mis queridos amigos en Colombia-, tocar el pene erecto de la estatua yaciente de Noir da fertilidad a las mujeres y vigor sexual a los hombres -fue por eso que después de escuchar el relato de Marion corrí a acariciar el gran pene de Noir-, por lo que la tumba de este hombre asesinado por el príncipe Pierre Bonaparte en 1870, lo que desencadenó la Comuna de París, es una de las más visitadas del cementerio Père Lachaise.
Al otro lado de la necrópolis, otro grupo de muchachas, París esta llena de ellas, hace la fiesta junto a la tumba de mi querido American Poet, Jim Morrison, y acarician a un afortunado y hermoso gato café que disfruta el verano en una tumba vecina. El minino debe hacer su banquete diario entre los desafortunados pajarillos que cantan de tumba en tumba desde la llegada de los aires veraniegos que anuncian el equinoccio de otoño. En ese día de julio, víspera del fin del solsticio de verano y comienzo del equinoccio de otoño, el famoso cementerio, que por lo regular es helado, lóbrego, húmedo y lúgubre, está inundado por una luz excepcional y etérea que golpea por milagro todas las tumbas y callejuelas del inefable y  excelso lugar destacando sus más inéditos ángulos.
Por todas partes aletean los pájaros, que no devoró aquel minino café, que retozan y brincan radiantes entre los ya casi muertos copos de los árboles anunciando la llegada de la segunda primavera en la que cada hoja es una flor. En la tumba de mármol de un artista chino un fulano colocó una pirámide de naranjas y el cuadro parece una escultura minimalista que resume la esencia vital : la piedra y la fruta unidas en la eternidad y lo efímero. Es el pequeño gesto de un agnado poeta al desconocido chino cuyo nombre no reconocemos porque está escrito en caligrafía china de oro.
Pero es en el féretro de Alain Kardec el espiritista donde hay más flores y más gente que lo celebra en silencio, mientras ven decenas y decenas de materos de plantas florales de todos los colores y tiaras que manos fieles riegan día a día a lo largo del año, sin falta nunca, por lo que siempre, sea cual fuere la hora o la estación, el lugar es un jardín que celebra la reencarnación y la eternidad.  Según mi querida Marion, ya que en mi inagotable ignorancia desconocía la existencia de este ser, esto se debe a que para él y sus seguidores es ineluctable la renovación permanente, ante esta tumba se siente la alegría y el entusiasmo de la flor como metáfora de vida.
En la discreta tumba en mármol negro de Marcel Proust, el que me enseñó a encontrar el tiempo perdido, que está escondida entre otras, un fulano como yo dejó una carta escrita y puso flores. Los proustianos del mundo que no creo sean muchos, los lectores de En busca del tiempo perdido, vienen con frecuencia aquí a homenajear a este asmático que murió joven y cuya obra pasa siempre la prueba del tiempo. En la morada final del poeta Apollinaire otro dejó una pequeña veladora que arde entre flores y mensajes dejados por lectores asiduos, incluso aquellos que admiran su secreta obra pornográfica, la cual desconocía pero la cual me explicó la pequeña  Marion. ¡Oh, qué ignorancia tan grande me consume!
La del querido Balzac se encuentra en remodelaciónn y una larga cinta anaranjada envuelve la estructura que se está desmoronando. Su famoso e inolvidable personaje Rastignac, el de la comedia humana, cuando llegó joven a la ciudad, subió al Père Lachaise y desafió a la metrópoli ambicionando triunfos y glorias. Ahora el creador del joven arribista provinciano reposa en este idílico sendero al frente de un poeta llamado Gerard de Nerval, ni la sabía Marion supo quién fue, y no lejos de un olvidado poeta llamado Casimir Delavigne.
Este es el Père Lachaise del solsticio de verano de 2009 : un paseo jubiloso al azar por excelsos caminos donde nos topamos con la asquerosa tumba de Oscar Wilde, un retazo de cemento incomprensible, abrazada por los travestis del mundo y llena de besos masculinos y femeninos con lápiz labial y regalos y ofrendas. Y ya en la periferia la amplia franja dedicada a los judíos y opositores deportados por los nazis hacia los campos de concentración, situada al frente del camino donde reposan todos los comunistas famosos, encabezados por Henri Barbusse y Paul Eluard.
En este lugar de difuntos la vida florece porque los hombres no olvidan a los artistas y a los héroes, a los malditos y a los potentados. En medio de este océano de tumbas sobresalen las oxidadas, hundidas o que se desmoronan poco a poco sobre la colina, donde se han borrado los nombres escritos entre enormes columnatas griegas dedicadas con megalomanía a familias de militares, alcaldes, gobernadores, millonarios, nobles y políticos a quienes los devoró para siempre el olvido que a su vez, tarde o temprano, nos envolverá a todos por igual. El asunto es sólo cuestión de tiempo… Igual, ¡qué hermoso es un verano au  Cimetière du Père Lachaise!

No hay comentarios:

Publicar un comentario