Hoy me confieso, me limpio de todos los pecados –pensé- y ya nunca más no… -aquí recordé los pecados que más me torturaban-. Iré sin falta todos los domingos a la iglesia, después leeré durante una hora entera el Evangelio, luego el billete que reciba cada mes cuando ingrese en la universidad en Leeds, repartiré sin falta 50 libras y media –la décima parte- entre los pobres, de forma que nadie lo sepa. Pero no a los mendigos. Trataré de buscar pobres, como un huérfano o una viejecita, cuya existencia no conoce nadie.
Y tendré una habitación propia –probablemente en Chapel Allerton-. Yo mismo la voy a arreglar y la mantendré extraordinariamente limpia. No obligaré a nadie a que haga nada para mí. Porque no soy más que nadie. Iré todos los días a pie a la universidad –y si me dan un coche, lo venderé y dejaré ese dinero para los pobres; quizás a un Juan Boliche (el de la melancólica canción “pieresca”), para que pague su vino y pueda invitar-. Voy a cumplirlo rigurosamente todo –que era ese “todo” no podía decirlo entonces, pero comprendía y sentía vivamente ese “todo” juicioso, moral e irreprochable de la vida-. Recopilaré lecciones e incluso adelantaré asignaturas, de forma que en el primer curso seré el primero y escribiré una tesis. En segundo, ya lo sabré todo por adelantado y me podrán pasar directamente a tercero, así que terminaré la carrera y la maestría como el número uno y con dos medallas de oro. Luego haré el doctorado y me convertiré en un arlequín más del sistema en Colombia…, incluso podré ser el primer arlequín de Europa y América… Pero ¿y luego? –me preguntaba a mí mismo-. Entonces recordé que esas ilusiones constituyen el orgullo, un pecado del que aquella misma noche tendría que confesarle al sacerdote, y volví al principio de mis razonamientos: para estudiar las lecciones iré a pie a la Abadía de Kirkstall; me buscaré allí un sitio bajo un árbol y me pondré a estudiar las lecciones; a veces me llevaré algo para comer: tofu, un sándwich vegetariano, o algo. Descansaré, y luego me pondré a leer algún buen libro, quizás algo del buen Borges, dibujaré paisajes o tocaré algún instrumento –aprenderé sin falta a tocar el saxofón ¡Juro que lo haré!-. Después ella también irá a pasear por la Abadía de Kirkstall, y en alguna ocasión se acercará a mí para preguntarme quién soy. Yo la miraré con mucha tristeza, le diré que soy hijo de una gran mujer, porque padre nunca tuve, y que sólo soy feliz aquí, cuando estoy solo, completamente solo. Ella me dará la mano- sólo en sueños, porque no es su estilo-, dirá algo y se sentará a mi lado. Todos los días vendremos aquí, seremos amigos y yo la voy a besar… No, eso no está bien. Al contrario, desde hoy ya no voy a mirar a las mujeres. No iré nunca, nunca a la habitación de mis “room-mates”, incluso procuraré no pasar cerca. Dentro de unos años estaré emancipado, e iré a vivir con ella. Todos los días practicaré la mayor cantidad posible de ejercicios, haré gimnasia a diario, así que en unos años seré más fuerte que mi querido amigo Checho. El primer día sostendré media libra con la mano extendida durante cinco minutos, al siguiente veintiuna libras, al tercero veintidós, y así sucesivamente. Al fin, muchas libras en cada mano y seré más fuerte que nadie. Y cuando de pronto a alguien se le ocurra ofenderme o se ponga a hablar sin respeto de ella, le agarraré simplemente de la camisa o lo que sea que lleve, le levantaré un par de rocas del suelo con una sola mano, me limitaré a sostenerlo así para que se dé cuenta de la fuerza que tengo, y le soltaré. No, además eso tampoco está bien; pero no le haré daño, sólo le demostraré que yo…
No se me reprochará que las ilusiones de mi juventud son tan infantiles como las de la infancia y adolescencia. Tengo el convencimiento de que si estoy predestinado a llegar a muy viejo y mi relato continuara hasta entonces, convertido en un anciano de setenta años seguiría con las ilusiones infantiles que tengo ahora. Soñaré que una encantadora Natalia se enamora de mí, un viejo desdentado; que mi hijo, retrasado mental, se convertirá por un hecho insólito en ministro, será elegido como un Dios por el excelso pueblo colombiano, acabará la guerra en 1 mes y privatizará la educación, para que esos pobres diablos se dediquen a servirnos y no a pensar, o que de pronto tendré una enorme cantidad de millones, para cumplir mi más anhelado sueño, que creo ahora es compartido con ella. Estoy convencido de que no existe ser humano y ninguna edad determinada que carezca de la feliz y consoladora capacidad de las ilusiones, pero, a excepción de los rasgos generales de la imposibilidad, de las ilusiones quiméricas, cada individuo y cada edad tienen las suyas características. En el periodo que yo considero como el límite de mi adolescencia y el principio de mi juventud, la base de mis ilusiones eran cuatro sentimientos: el amor hacia ella, hacia una mujer imaginada, con la que soñaba siempre en el mismo sentido y a la que a cada momento esperaba encontrar en algún sitio. Mi primer amor y quizás el único. Ella era un poco Sonia –mi amor literario-, un poco Nashtenka – mi amada de las sublimes Noches Blancas de Dostoievski-. El segundo sentimiento era el deseo de amor. Me hubiera gustado que todos me conocieran y quisieran. Deseaba decir mi nombre, Camilo, y que todos se quedaran sorprendidos al oírlo, me rodeasen y me dieran las gracias por algo; aunque ya me basta con los ladridos de agradecimiento que he tenido. El tercer sentimiento consistía en la esperanza de alcanzar una extraordinaria y soberbia felicidad, tan fuerte y firme que llegaba a la locura. Estaba tan seguro de que muy pronto, a consecuencia de algún acontecimiento insólito, me convertiría de repente en el hombre más rico y famoso del mundo, para que ningún animal aguante hambre y frío, que me encontraba continuamente en un estado de inquietud, esperando esa anhelada felicidad. Aguardaba ese momento constantemente, y cuando llegase alcanzaría todo lo que puede desear un hombre, indagando por todas partes al imaginar que rondaba por algún sitio distinto a donde me encontraba. El cuarto y más importante sentimiento era la repugnancia hacia mí mismo y el arrepentimiento, pero éste iba hasta tal punto mezclado con la esperanza de felicidad que no tenía nada de triste. Me parecía tan fácil y natural desprenderme del pasado, transformarlo, olvidar todo lo que había sido y empezar una nueva vida, que lo anterior en mi existencia no me apenaba ni me ataba. Me complacía incluso en la repulsión hacia lo sucedido y trataba de verlo más sombrío de lo que era en realidad. Cuanto más negro era el círculo de los recuerdos, tanto más puro y claro se destacaba en él el punto luminoso del presente y se extendían los irisados colores del futuro. La voz del arrepentimiento y el apasionado deseo de perfección eran la principal sensación espiritual que experimentaba en aquella época de mi desarrollo, que estableció los nuevos principios de mi opinión sobre mí mismo, la gente y el mundo. La voz bienhechora y alegre que tantas veces desde entonces, en los momentos tristes, cuando el alma en silencio se sometía al poder de la mentira y de la depravación, se alzaba de pronto decidida ante cualquier mentira, acusando con indignación al pasado y señalando y obligando querer el punto diáfano del presente, que prometía el bien y la felicidad del futuro. ¡Bienhechora y alegre voz! ¿Es posible que dejes de soñar alguna vez?
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