lunes, 23 de mayo de 2011

No todos los amantes se aman ni todos los besos simbolizan amor.

Hoy? Hoy no escribo para nadie!

No pienso hablar del amor de un joven hacia una muchacha y recíprocamente, porque temo esas ternuras al haber sido tan desventurado en la vida y no haber visto en esta clase de amor ni un destello de verdad (ahora pienso algo diferente, aunque confieso, algunas veces termina por decepcionarme); únicamente la farsa, en la cual la sensualidad, las relaciones sexuales, el dinero, el deseo de unirse o separarse han embrollado hasta tal punto el verdadero sentimiento que es imposible discernir nada. Hablo del amor al hombre que, según el mayor o menor ímpetu del alma, se concentra en un ser, en algunos o en muchos; del amor a la madre, al padre- si es que aún existe-, a la hermana, a los niños, al camarada, a la amiga, al compatriota, al parcero, al enemigo, al ser humano.
El amor hermoso, decía Tolstoi, consiste en amar la belleza misma del sentimiento y su manifestación. Para quienes ama así, el objeto amado les resulta grato sólo en cuanto despierta un sentimiento agradable, de cuya conciencia y manifestación gozan. Las personas que aman de esta forma se preocupan se preocupan muy poco de ser correspondidos, ya que esta circunstancia no tiene ninguna influencia sobre la belleza ni el placer. Con frecuencia cambian el objeto de su amor, pues la principal finalidad consiste únicamente en que la agradable sensación se estimule continuamente. Para mantener en sí misma esta grata sensación hablan continuamente del amar en términos más bellos, tanto al ser amado como a quienes nada tienen que ver con él.

La segunda clase, el amor abnegado, consiste en desear el sacrificio de uno mismo por el objeto amado, sin hacer caso en absoluto de si éste es bueno o malo para aquel. “No hay ninguna cosa desagradable que no fuese capaz de hacerme a mí mismo para demostrar al mundo entero, a él o a ella principalmente, mi felicidad.” La gente que lo practica no cree nunca que se les corresponde –porque tiene más mérito sacrificarse- y suelen ser siempre personas enfermizas, lo cual aumenta el valor del sacrificio. La mayoría de ellos son constantes, porque les sería penoso perder el mérito de los sacrificios hechos por el objeto amado. Están siempre dispuestos a morir para demostrarle a él o a ella toda su felicidad, pero desprecian las pequeñas demostraciones diarias del amor, sin precisar arrebatos de abnegación. Les da lo mismo si uno ha comido o dormido bien, si está contento, sano o no, y no harán nada para proporcionarle a uno estas satisfacciones, aunque estuviesen en situación de hacerlo. Pero pegarse un tiro, arrojarse al agua, al fuego o enfermar de amor, a eso están dispuestos si se presenta la ocasión. Por otra parte, las personas predispuestas al amor abnegado siempre están orgullosas de su amor, y son quisquillosas, celosas, desconfiadas y, aunque resulte extraño, desean el peligro del amado para poder librarlo de él, e incluso que le ocurran desgracias, para consolarlo, o que tenga vicios para corregirlo.

La tercera clase, el amor activo, consiste en el afán de satisfacer todas las necesidades , deseos, caprichos e incluso los vicios del ser amado. Los que aman de este modo lo hacen siempre para toda la vida, porque cuanto más aman más conocen al ser amado y les resulta más fácil hacerlo, es decir, satisfacer sus deseos. Su amor se expresa rara vez con palabras, y si se manifiesta no es de forma vanidosa o bella, sino tímida y torpemente, porque siempre tienen miedo de no amar lo suficiente. Suelen querer los defectos del ser amado porque éstos les proporcionan la posibilidad de satisfacer nuevos deseos. Buscan la correspondencia, se engañan incluso voluntariamente, creen en el engaño y se sienten felices si lo poseen, pero aman igual incluso en caso contrario y no sólo desean la felicidad para el amado, sino que tratan de proporcionársela por todos los medios morales y materiales, grandes y pequeños, a su alcance, y que intentan conseguir continuamente.

Quizás escrito por Turgueniev; por Dostoievski; por Tolstoi; por Chejov; por Pushkin; Lermontov; o quizás… o todavía?

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